Revolución digital: ¿Peligrosa o benigna?

22/10/2015

   En 1º persona

Anotaciones sobre los beneficios y los peligros de la tecnología

  “En un mundo en movimiento, el que se queda quieto retrocede

Lewis Carroll, en Alicia en el país de las maravillas

 

 

Notas relacionadas:

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. Conocimiento y Ciencia

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Nicholas Carr, un ensayista tecno-escéptico que fue asesor editorial de la Enciclopedia Británica, alerta sobre lo que él llama la “complacencia automatizada”, cual es el confiar en la máquina para resolver todo, lo que produciría –según este autor- una merma en las capacidades del individuo, principalmente de la atención.

 

En efecto, “¿cómo se va a equivocar la máquina?”, es lo que expresa la mayoría ante un fallo digital. Las nuevas tecnologías se han convertido en un dios (o un demonio) omnipotente e “infalible” en el que se deposita la fe ciega y la confianza absoluta, una entidad que se ha apoderado de nuestras vidas. “Estamos embrujados por las tecnologías ingeniosas”; Dios pasó de ser un reloj en perfecto funcionamiento a un programa informático.

 

Paula Sibilia dice, no sin razón, que las metáforas no son ingenuas y que, por el contrario, guardan un profundo sentido, y Carr sostiene que “hemos puesto el GPS y hemos perdido el rumbo”, usando como ejemplo para explicar su teoría el caso del Royal Majesty, un transatlántico que, pese a estar equipado con el más avanzado sistema de navegación del momento, se hundió porque la antena del GPS se soltó. Agrega que “a medida que empresas como Facebook, Google, Twitter y Apple compiten más ferozmente por hacer las cosas por nosotros y para ganarse nuestra lealtad, el software tiende a apoderarse del esfuerzo que supone conseguir cualquier cosa”.

 

Los trabajadores se han convertido en accesorios de la máquina, en observadores más que en actores. La trampa está en que nos ofrecen la ilusión de que “tenemos más tiempo libre”. Los cuerpos mecanizados de los operarios fabriles y los cuerpos dóciles de los robots se conectaron y se sintonizaron; en síntesis, se digitalizaron; sin embargo, un común denominador los sigue atravesando a todos: siguen siendo útiles. Y, por otra parte, las innovaciones tecnológicas no se pueden parar.

 

Sin generar una polémica similar a la de apocalípticos e integrados, es dable otorgarle un voto de crédito. Si bien es cierto que los médicos, por ejemplo, emplean más tiempo mirando la pantalla en vez de observar y escuchar al paciente para resolver sus síntomas, cabe destacar que estas mismas tecnologías criticadas por Carr están permitiendo expandir la capacidad de comunicación de la gente, así como las posibilidades de aprender y de organizarse para cambiar las cosas y comprometerse con el mundo. Y con un software adecuado, hasta “la letra de los médicos tiene remedio”.

 

Por Internet se pueden hacer muchas cosas, mandar y recibir mensajes, conversar, comprar y vender, recibir y dar clases, hacer experimentos a distancia, oír música y ver videos, viajar y visitar museos, estudiar, ganar dinero y amigos, perder el tiempo o divertirse. La lista es interminable y suena más bien a un catálogo fantástico (…) Internet ha creado como por arte de magia un medio de comunicación que nadie pudo prever hace apenas una década y que hoy nadie controla. No tiene propietario; es, en cierto sentido, de todos y de nadie. No hubo jamás en la historia de las comunicaciones algo semejante a Internet. Vive del aporte personal de cada uno de nosotros”. Esta “definición” de Internet apareció en un artículo del diario La Nación hace ya casi 15 años, en marzo de 2000, y todavía tiene vigencia; el artículo se tituló: “Vivimos en un mundo de ‘maravillas’”

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